A de adiós

Hoy decidí recordarte en forma de presente, y de vez en cuando, aún consigues inundar mi mente. Y vienes cargado de capítulos de una de las historias más importantes. Cuando apareciste, todo negación fue la mejor de las opciones posibles. Y poco a poco me convenciste de introducirte en la fragilidad de mi realidad existente.

Aunque he de reconocerte de que cuando el guión empezaba a escribirse, me tocó coger el lápiz porqué no notabas que yo quería ser la protagonista de la película que tú habías decidido que escribiríamos juntos. Cómo no, ahí estaba yo con mi armadura aparentemente invencible. Ganaste la más dura de mis batallas posibles, descubrirme. Y mil veces y una me repetiste, si te llego a descubrir antes…

Mientras mi mundo se caía a pedacitos, apareciste en el momento perfecto para recoger cada trocito que fuera necesario con cariño y volver a intentarlo colocar donde estaba. Y aunque a veces sólo fuera un intento, el amor que me dabas era más que suficiente. Los domingos se volvieron imprescindibles y las siestas inevitables. Eso de llevarme en coche, mientras me dabas la mano y la apretabas tan fuerte como para no soltarme, me hacía invencible. De vez en cuando alguna sorpresa acompañada de vergüenza al reconocer lo que sentías, dibujaba la mejor de mis sonrisas. Parecíamos dos imanes incapaces de despegarse. Excusas acompañadas hasta la madrugada sin ninguna intención de llegar a serlo e inundadas de 1000 películas en las cuales nunca llegamos a apreciar el final, por suerte. Ese brillo en los ojos y alguna ira que otra cuando veías a otros como me miraban. Tú ya sabías que el caramelo tenía dueño y aún así, lo repetías con orgullo.

Fue un viaje convertido en un sueño hecho realidad

Como cada historia siempre llega el final. Un día cambió el color del lápiz y empezó a escribir eso que igual puede que sea más triste, más injusto o más doloroso. El final largo, intenso y complicado. Muy amargo. Lleno de prólogos y de falsos argumentos para volver a escribir una nueva historia que se caía por todos lados. Pero hoy en día, después de todos los errores que cometí como fruto de mi inexperiencia y de mi amor inocente y por supuesto ignorante, ya no existes. O sí que lo haces pero ya en forma de pequeños capítulos que me hacen recordar que el verdadero amor existe y es posible. Aunque no he de negar que aún me sigo girando cuando se aprecia tu perfume en la calle.

Pero los dos ya sabemos que este amor no es posible, crecimos y somos diferentes.

Mi pasión por el pescado crudo, el vino y el champagne junto con sonidos de jazz y blues combinados con las chimeneas calientes ya no son posibles. 

Gracias a la casualidad la cual un día decidió que ya no más. Por fin dejé mi intoxicación de lado, acompañada de más de mil lecciones de aprendizaje y sabiendo que un hola casual en mitad de la calle siempre le va a acompañar un adjetivo más que doloroso.

Así que sólo quería darte las gracias porqué a pesar de tanto daño, fui muy feliz en esos momentos.

Y esta es mi carta de despedida triste, necesaria y personalizada.

La más difícil de todas… y la más sincera.

Hasta siempre

Leticia Lorena Puertas

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2 comentarios en “A de adiós

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